História LA CASA DE LOS PLACERES [PARTE 1, 2 y 3] - Capítulo 21


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Terminada Não
NÃO RECOMENDADO PARA MENORES DE 16 ANOS
Gêneros: Festa, Ficção, Luta, Romance e Novela, Saga, Shoujo (Romântico)
Avisos: Heterossexualidade, Insinuação de sexo, Sexo
Aviso legal
Todos os personagens desta história são de minha propriedade intelectual.

Capítulo 21 - CAPÍTULO VEINTIUNO



Las luces en Punto Ciego se apagaron y el escenario se iluminó. Los gritos de las chicas al saber lo que se aproximaba no se hicieron esperar. El telón se abrió y cuatro chicos vestidos los Beatles comenzaron a bailar al ritmo de una versión electrónica de "Le it be". Sabían que era el último fin de semana antes de la esperada remodelación. Debían dar lo mejor de sí. Todos hacían un gran esfuerzo para que la noche fuera inolvidable y sacaban sus mejores pasos de baile. Las chicas eufóricas aplaudían desesperadamente. Pedían que los bailarines se quitaran la ropa; querían ver a los Beatles desnudos. Aunque a decir verdad, ellas hubieran preferido verlos disfrazados de colegiales nerds. Los sacos coloridos de los Beatles salieron volando por los aires. Después también volaron los pantalones: uno azul; otro amarillo; otro rosa y el último blanco. Las piernas de esos bailarines estaban bien tonificadas y muy bien depiladas. Movían las caderas provocativamente; se sentían deseados, aclamados y eso les encantaba. Sam tenía la mirada fija en su presa. Esta vez no se le escaparía como la rubia de la semana pasada. Evan comenzó a quitarse la camisa para poder mostrar su torso excelentemente bien trabajado; sus abdominales parecían de acero. Pasó una de sus manos por su cabello y la bajó hasta llegar a sus calzoncillos plateados. Comenzó a bajarlos sin revelar nada más que un poco de vello púbico. Giró, y movió las nalgas fuertemente, sacudiéndolas. Los gritos fueron aun más fuertes. Bajó el calzoncillo dejando ver su trasero sin nada de tela encima. Era redondo, firme, lampiño. Alexander fue el primero en quitarse por completo la ropa interior. Las chicas se volvieron locas por unos minutos, hasta que se dieron cuenta que los chicos llevaban una tanga de color piel. Aún así, les dejaban muy poco a la imaginación. Muchas morían por acariciar y entretenerse un poco con lo que hacía bulto en esas brillantes tangas masculinas.

―Sé que no la estás pasando bien pero... gracias por venir –Kimberly le susurró a Gorka en el oído.

―Si me hubiera quedado en casa hubiera sido peor. No negaré que me duele el hecho de que Barbara se haya ido pero... ella encontró la felicidad al lado de quien puede ser su gran amor. Tal vez el mío esté aquí mismo –acomodó su antifaz multicolor y miró al bailarín que lo había cautivado desde la primera vez que lo había visto- No puedo permitirme que mis amigas tengan novio y yo no.

Kimberly sonrió intentado concentrarse en el show, pero no podía. Miraba para todos lados en busca de su cita, pero Wyatt no aparecía por ningún lado. «Tal vez lo olvidó o... ¿acaso me ha dejado plantada? ¡Estás loca! ¿Cómo puedes pensar eso? Él trabaja aquí; seguro tiene mucho trabajo. Es el último día del viejo Punto Ciego, hay muchas cosas que hacer. No estés de paranoica» Un escalofrió detuvo la discusión que tenía con la voz de su conciencia. Volteó por inercia, como si alguien hubiera mencionado su nombre, tal vez era Wyatt. Su sonrisa se ensombreció cuando observó que una rubia la miraba directo a los ojos sin ninguna expresión en el rostro.

― ¿A dónde vas, Kimberly? –Gorka preguntó con el ceño fruncido-. Lo bueno va a comenzar... quédate un rato más, ¿si?

―Tranquilo, solo voy al baño –mintió.

Había algo raro en la mirada de esa mujer. La Kimberly del pasado hubiera ignorado eso y hubiera fingido que miraba el espectáculo, pero ya no era la misma; ahora era valiente y quería descubrir por qué aquella mujer la veía de esa manera. Le siguió los pasos. Kimberly sabía que se trataba de una bailarina pero ¿por qué la guiaba lejos de la multitud eufórica? Miraba atenta a su alrededor. Habían llegado a la bodega. Cajas y bolsas de plástico predominaban en ese lugar alumbrado únicamente por un foco de luz amarilla. Eso ya no era divertido. Era hora de marcharse. Acomodó su antifaz rosa y alzó un poco su vestido para poder ver por dónde pisaba.

― ¡Qué fácil fue esto! –La voz de la chica rubia sonó, se escuchaba llena de rencor.

Kimberly sintió como su cuerpo se quedó paralizado. Volteó para ver a aquella misteriosa rubia, pero ya no estaba, sólo había cajas. Intentó acercarse y buscarla, pero un sonido ensordecedor la hizo retroceder y caer al suelo. Intentaba levantarse, la cara le ardía demasiado. La música se detuvo y fue remplazada por gritos de terror. Kim miraba para todos lados pero solo veía sombras rojas. El sonido de una puerta abrirse y luego cerrarse llamó su atención. Limpió sus ojos para poder aclarar su vista, pero fue inútil. La desesperación por no ver nada estaba invadiéndole cada partícula de su ser. Estaba segura que las sombras rojas-amarillentas eran llamas. Gritó con fuerza para pedir ayuda. Unas manos la sujetaron del brazo. Unos brazos fuertes la rodearon para protegerla. No era el olor de Wyatt. ¿Quién era?

―Hubo una explosión. El lugar está ardiendo en llamas. Debemos salir de aquí –Gorka la sujetó con fuerza.

Gorka la guiaba por el club. Ella trataba de ver lo que estaba pasando, pero sólo veía sombras y escuchaba gritos de desesperación. La gente gritaba, se empujaba. El telón del escenario había desaparecido, había sido devorado por las llamas hambrientas. Kimberly comenzó a toser. El humo era cada vez más denso y le impedía respirar. Apretaba con fuerza la mano de Gorka, no quería perder a su protector.

― ¡Llamen a los bomberos!

― ¡Las salidas están bloqueadas!

El terror estaba invadiendo a Kimberly al escuchar esos gritos. ¿Qué había sucedido? ¿Dónde estaba Wyatt?

― ¡Vamos a morir!

―Había cuerpos en el suelo. No estoy seguro pero creo que pisé un par. Todos estábamos muy alterados, queríamos salir a como diera lugar de ese infierno. En ningún momento solté la mano de Kimberly, o eso creo, no recuerdo. Lo último que recuerdo es que un grupo de hombres tacleó la salida de emergencia y se abrió. Los bomberos dicen que alguien la trancó por fuera. No fue un accidente. Barbara alguien intentó matarnos.

― ¿Pero quién está tan demente como para matar a más de quinientas personas? –respondió del otro lado del teléfono.

―Escuché que el principal sospechoso es Wyatt, el dueño. Al parecer no estaba en el club. Ya lo arrestaron. –limpió una lágrima que resbalaba por su mejilla. Con un quejido se acomodó en la sala de espera del hospital. Los doctores ya lo habían atendido. Afortunadamente, no tenía heridas graves, sólo una fisura en su brazo, la cual atendieron de inmediato.

―Si tan sólo hubiera estado ahí para ayudarla pero... pero preferí irme. Si pudiera tomar un vuelo de regreso lo haría, pero no hay uno hasta mañana –sorbió por la nariz.

Gorka escuchó la voz de Julius que consolaba a su amiga.

―No te preocupes... ya le llamé a sus padres, vienen en camino.

― ¿Qué te han dicho los doctores? ¿Se pondrá bien?

―Debo colgar, creo que los padres ya están aquí.

Colgó sin esperar la despedida de Barbara ¿Qué otra cosa podía hacer? No se atrevía a decirle por teléfono que los doctores le habían dado pocas esperanzas de que Kimberly sobreviviera a la noche. Con lágrimas en los ojos se levantó de la incómoda silla. Los heridos seguían ingresando al hospital, ya no tantos como hace un par de horas. Con paso firme y sereno se dirigió a una capilla que había saliendo de la sala de espera. Vio la cruz inmensa que había al fondo y se arrodilló frente a ella. No podía hacer nada por su amiga, había intentado todo para protegerla pero era un caos allá adentro. No supo en qué momento se le había zafado de las manos. No supo en qué momento un tubo de metal la había golpeado en la cabeza. Lo único que sabía era que ahora ella estaba en terapia intensiva luchando por sobrevivir. Agachó la cabeza y rezó. Nunca antes lo había hecho, no estaba seguro de cómo hacerlo, de cómo empezar. Sólo se dejó llevar por el deseo que sentía en esos momentos de que Kimberly se recuperara, que sobreviviera. Una lágrima rodó por sus mejillas. 



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