História One shot ... Qué pasaría si... LCDP - Capítulo 20


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Categorias La Casa de Papel
Personagens Professor, Raquel Murillo
Tags El Profesor, Itziar, La Casa De Papel, Raquel, Raquel Murillo, Sérgio, Serquel
Visualizações 53
Palavras 1.016
Terminada Não
NÃO RECOMENDADO PARA MENORES DE 18 ANOS
Gêneros: Ficção, Policial, Romance e Novela
Avisos: Heterossexualidade, Linguagem Imprópria, Sexo, Spoilers
Aviso legal
Alguns dos personagens encontrados nesta história e/ou universo não me pertencem, mas são de propriedade intelectual de seus respectivos autores. Os eventuais personagens originais desta história são de minha propriedade intelectual. História sem fins lucrativos criada de fã e para fã sem comprometer a obra original.

Capítulo 20 - One shot - Contra las cuerdas (12)


Fanfic / Fanfiction One shot ... Qué pasaría si... LCDP - Capítulo 20 - One shot - Contra las cuerdas (12)

[CAPITULO 12] Interludio

Esa noche como otras más dormí con Paula, mi niña se aferró a mis brazos y con su calor sentí que el futuro podía ser bueno, podía portarse mejor que hasta ahora y mostrarme una mejor cara. A eso de las tres de la mañana el sueño decidió abandonarme, me quedaba una hora aún para ponerme en marcha para el trabajo, me giré para ver el rostro tranquilo de mi niña, Paula parecía sumergida en un mundo de sueños e ilusiones, ajena a las preocupaciones y confiada en unas promesas hechas por mi novio furtivo. Sonreí, al menos una de las dos confiaba en que todo daría cierto y que en algún momento íbamos a ser esa familia ideal del cuadro que Paula dejó colgado en la pared de mi habitación.

Me levanté de la cama luego de darle un beso a mi hija, dejé que mi mirada vagara por toda la habitación, tenía que haber alguna cámara que le permitía a Sergio verme, algún dispositivo muy bien escondido que servía de conexión entre los dos aunque solo él era el beneficiado.

—¿Dónde estás? –murmuré más para mí que como una pregunta real.

Si podía verme desnudar, disfrutaba de la forma en que dormía y podía fijarse en como llorada pegada a la almohada, el único lugar posible era el reloj. Me acerqué al aparato y lo revisé con cuidado, había algo junto a los números que los hacía brillar menos de lo que debían, así que supuse que allí, él había dejado la cámara. La miré de frente y susurré cuanto lo amaba, si ya estaba despierto podía ver que estaba enviándole un mensaje.

—Te amo –gesticulé muy claro, como si estuviera aprendiendo a pronunciar el español para que me entendiera.

Era una pena que no lo pudiese ver, pero sabía que él también me amaba.

Los días en la unidad de delitos contra la salud pública fueron pasándose como agua dulce, había casos que nos saltaban las lágrimas a Vega y a mí, otros que nos tocaban los huevos y nos sacaban de quicio, unos en los que se comprometían tantas vidas que debíamos cuidar a los capturados y otros en los que sentíamos que le robábamos al hampa vidas y las devolvíamos con una oportunidad de vivir.

En casa intentábamos llevarnos de la mejor manera Laura y yo, era difícil, sobre todo por ella, pero lo intentábamos, era como si cada una tuviera un bando en la guerra fría y a la menor provocación estallara sin posibilidad de reversa.

En su lugar, en lo que se refería a Paula a mi madre y a mí, la relación no podía ser mejor, era una auténtica dicha, por sugerencia de la niña establecimos un horario de actividades, en donde los lunes teníamos tarde de cine, los martes cocinábamos juntas, cada miércoles nos íbamos de compras, los jueves nos quedábamos en casa para hacer un proyecto de manualidades que eligiera Paula y los viernes salíamos de paseo, recorríamos parques, centros comerciales, plazas y pueblecitos cercanos a Madrid, un sin fin de actividades que nos mantenían felices, juntas y compartiendo el tiempo que mi antiguo trabajo me había robado.

De Alberto no sabíamos nada y esa ausencia de noticias me estaba sofocando, tratándose de él no podía esperar nada bueno y su silencio no podía significar otra cosa, que preparaba un regreso al que debía temer. Prieto me informó que las patrullas dejarían de hacer el acompañamiento esa misma tarde, se cumplían dos meses de su desaparición y ese tiempo era suficiente para determinar que no me encontraba en peligro, una idea de la que yo no estaba convencida; también se cumplían dos meses del fin del atraco, nuevamente se manifestarían en la Puerta del Sol y en Atocha, “El discípulo” seguía exhortando a la comunidad a unirse a la resistencia, a dejar de utilizar el sistema bancario y rebelarse contra el sistema financiero, una especie de llamado a regresar a la época del trueque y a favorecer los comercios locales, hundiendo de paso a las grandes superficies que ya se habían hecho una inyección de liquidez propia por mucho tiempo. El discurso del chaval era loable, y Vega y yo disfrutábamos de oírlo, de hecho sabíamos que había creado un blog en el que expresaba sus opiniones y en el almuerzo solíamos discutirlo, a espaldas de los demás que aunque pensaban como nosotros, temían expresar sus ideas.

Ese día era jueves y no veía la hora de terminar mi turno para ir a casa, haríamos portarretratos con espuma y pintura, antes tenía que pasar por la tienda para comprar lanas de colores y pegante, según una lista enviada por Paula a mi móvil. Me despedí de Vega, le prometí que le traería natillas preparadas por mi mamá y que uno de los portarretratos hechos por Paula sería suyo.

Mi coche no encendió a la primera, la marcha parecía pegada y aunque nunca me había dado miedo los estacionamientos, un frío espantoso me recorrió por completo la espina dorsal, sentí como perdía el control al no poder encender el auto, estaba poniéndome muy nerviosa y no tenía ninguna explicación para ese malestar que me subía desde el estómago y se me fijaba en la garganta provocándome ganas de vomitar.

—Sergio –susurré como quien invoca a su santo de predilección, necesitaba la certeza de su amor conmigo para darme claridad.

Concentrada en la marcha del coche me quedé cuando un golpe seco en la ventana de mi puerta me secó la garganta y me aterró, las palabras no me salían y el grito de auxilio que tenía en la lengua, se deslizaba hacia la garganta en una reversa que no pude evitar.

El rostro que me miraba con odio era indescifrable, sus manos no tardaron en romper el cristal y amenazarme con una nueve milímetros cargada hasta el tope.

—No cometa una estupidez –me dijo el tipo con una voz que no pude identificar.

Lo siguiente en mi cabeza fue la oscuridad de la inconsciencia y el dolor del aturdimiento por un golpe muy bien dado en mi cabeza. Mi racha de buena suerte acababa de terminar.


Notas Finais


Esperamos sus comentarios y muchas gracias por seguir la historia.


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