História When We Were Young - Capítulo 13


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Categorias La Casa de Papel
Tags Lcdp, Raquel Murillo, Sérgio Marquina, Serquel
Visualizações 80
Palavras 4.208
Terminada Não
NÃO RECOMENDADO PARA MENORES DE 18 ANOS
Gêneros: Ficção, Romance e Novela

Aviso legal
Alguns dos personagens encontrados nesta história e/ou universo não me pertencem, mas são de propriedade intelectual de seus respectivos autores. Os eventuais personagens originais desta história são de minha propriedade intelectual. História sem fins lucrativos criada de fã e para fã sem comprometer a obra original.

Notas do Autor


Este capítulo viene cargadito, espero que merezca la pena 😅

Capítulo 13 - Capítulo 13



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Zuhatza, 1992

El domingo Sergio no apareció por la playa en todo el día. Su ausencia me hizo darme cuenta de lo rápido que me había acostumbrado a su presencia y lo mucho que lo echaba de menos, aunque apenas hubiesen pasado 24 horas desde su "fiesta" de cumpleaños. Ni si quiera me pregunté por la razón de su ausencia, estaba segura de que se debía a lo ocurrido el día anterior. Quizás crucé la barrera demasiado rápido; debería haber tenido en cuenta su casi inexistente contacto físico previo con el resto de la gente, e incluso consigo mismo. Pero no pensaba dejar las cosas así, por lo que, al día siguiente, busqué la manera de hablar con él.

Lo vi varias veces a lo largo de la mañana, siempre solitario y manteniendo las distancias con los demás muchachos, que ya parecían haberse acostumbrado a sus rarezas. Sin embargo, a cada intento que hacía de acercarme a él, él encontraba la forma de huir con perfecto disimulo.
Al terminar la clase de piragüismo, la última de la mañana, por fin encontré mi oportunidad para acercarme. Sabía que sería uno de los últimos en terminar el recorrido y me quedé esperando con la excusa de tener que recoger el equipamiento. Observé cómo se bajaba de su piragua y la arrastraba hasta dejarla segura en la arena; sonreí al ver que llevaba puesto el bañador que le había regalado. Antes de que pudiese salir huyendo, llamé su atención.
—Marquina, por favor, ayúdame a llevar estos remos al cobertizo. —Se quedó parado al lado de su piragua, mirándome como si le hubiese hablado en un idioma inteligible.
—Si quieres te ayudo yo, Raquel. —Se ofreció otro de los muchachos que aún quedaban por allí al ver que Sergio no reaccionaba.
—No hace falta, Vazquez, gracias. Prefiero que me ayude Marquina, que no ha hecho nada en toda la mañana. —respondí manteniéndome seria. Agarré un buen número de remos y se los coloqué en las manos. Después me agaché para recoger el resto y, haciéndole un gesto con la cabeza, comencé a caminar con paso firme—. Vamos, sígueme.
El cobertizo estaba a medio camino entre el lago y el edificio principal del campamento, por lo que no tardamos mucho en llegar. Sujeté la puerta con el pie para que entrase él primero, y tras cerrar la puerta, dejé caer los remos al suelo y coloqué mis brazos en jarra.
—¿Se puede saber por qué no apareciste ayer por la playa? —No pensaba sacar el tema con tanta agresividad, pero su manera de evitarme toda la mañana me había puesto de los nervios.
—No pude —respondió con voz calmada mientras colocaba los remos, uno a uno, en su sitio.
—En domingo. Vuestro único día libre.
—... No me apeteció —cambió de argumento. Se dio la vuelta después de terminar de colocar los remos, pero su mirada me evitó a toda costa, prefiriendo fijarse en los objetos que tenía a mis espaldas. Me crucé de brazos.
—Sergio, sé que no fuiste por lo que pasó la noche anterior, no hace falta que inventes excusas, prefiero que seas claro. ¿Te molestó que te tocase? ¿No te gustó? ¿Te avergüenzas? ¿Es eso? —pregunté, buscando su mirada, pero volvió a esquivarla, agachando la cabeza—. Porque si es eso, no pasa absolutamente nada, me lo dices y no volverá a...
—No —me interrumpió; negó rápidamente con la cabeza—. No es eso... Claro, claro que me gustó. —A pesar de sus palabras, su ceño seguía fruncido y su mirada seria.
—¿Entonces? —Levantó la cabeza, dirigiendo su mirada al techo.
—No me gustó que lo hicieras por caridad. —levanté las cejas; no daba crédito a lo que estaba escuchando.
—¿Qué?
—Sé que lo haces porque te doy pena, porque, porque no he podido vivir nada de eso en mi adolescencia. Y no... no, no quiero que sea así. —Solté un resoplido de incredulidad, frunciendo el ceño.
—Por dios, Sergio. —Busqué su mirada, y por primera vez no lo evitó—. Soy buena persona, pero no tanto como para hacerle una paja "por caridad" al primero que se me cruza con cara de necesitarlo. —No pude evitar reír ante el surrealismo de la conversación.
—Entonces ¿por qué lo hiciste? —Me encogí de hombros, abriendo los brazos.
—Pues... porque me apetecía. Y porque me gustas. —Solté con plena naturalidad. Sus ojos se hicieron grandes.
—¿Yo qué? —masculló.
—Que me gustas, Sergio. Me gustaste incluso el primer día cuando te hiciste el resabido con las leyes de no sé qué leches. —Hizo una mueca de escepticismo, como si le hubiese dicho que me gustaba el mismo Frankenstein—. Pero supongo que yo a ti no porque si no te-
—No es verdad —me interrumpió dando un paso al frente. Sus pies golpearon los remos que seguían el suelo. Frustrado, los recogió y los colocó en su sitio.
—¿El qué no es verdad? —pregunté con voz suave, dando el paso que él había retrocedido. Tragó saliva.
—Lo último que has dicho. —Una pequeña sonrisa se dibujó en mis labios.
—¿Te gusto? —Arqueé una ceja, elevando el mentón. Me miró desde su altura.
—No lo sé... nunca he sentido algo así. Solo sé que... no puedo dejar de mirarte. Y que quiero estar contigo todo el tiempo. Eso nunca me ha pasado con nadie. —Sus ojos descendieron a mis labios. Sentí unas ganas irrefrenables de besarle, pero preferí que fuese él quien diese el paso esta vez—...Y tampoco puedo dejar de pensar en tus labios desde el otro día. —Su mirada pareció transmitir el proceso en que las piezas por fin terminaban de encajar en su mente. Tragó saliva y asintió con la cabeza—. A... así que sí, me... me gustas. Mucho —murmuró la última palabra a la vez que se inclinaba hacia mí despacio, acercándose unos centímetros más. Le miré una última vez antes de cerrar los ojos. Sus labios se posaron sobre los míos con cierto recelo, como con miedo a hacer algo mal, pero cuando notó que le respondía, colocó sus manos en mi cintura y deslizó sus labios sobre los míos con seguridad, haciendo que mis piernas temblasen. Inspiré hondo cuando sus manos ascendieron por mis costados hasta anclar en mis costillas y sujetarme con firmeza, profundizando a la vez el beso como si lo hubiese hecho toda su vida. Gemí, llevando mis manos hasta su pecho para apartarlo.
—Tú aprendes muy rápido, ¿no? —dije con media sonrisa. Sus ojos sonrieron, ya que sus labios estaban preparados para besarme de nuevo. Le frené ejerciendo fuerza sobre su pecho—. Aquí no —murmuré, aclarando mi garganta en un intento de ahuyentar las mariposas de mi estómago que me incitaban a seguir—. Ya debería estar en el comedor vigilando y tú —enfaticé, clavando mi dedo índice en su esternón—...deberías estar comiendo. —Se mordió el labio de una forma tan sexy que tuve que apartarme para no caer en la tentación de mandar el trabajo a la mierda y comérselo a besos allí mismo—. Veeenga, tira —insistí empujándole ligeramente hacia la salida. Me agarró del brazo y plantó un pequeño beso en mi pómulo izquierdo antes de dirigirse a la puerta—. ¡Tsh! —Se giró antes de salir—. Como no aparezcas hoy por la playa te mato. —le advertí. Sonrió con timidez y cerró la puerta tras de si.

No pude concentrarme en toda la tarde; nunca antes alguien se había metido en mi cabeza con tanta intensidad. Tampoco lo entendía, Sergio era el ejemplo opuesto de los chicos con los que había estado hasta el momento. Pero había algo en su naturalidad, en su mundo interior tan enorme pero a la vez tan oculto, que me atraía enormemente.


Cuando llegué a la playa tras acabar mi turno de trabajo, sonreí de oreja a oreja al verlo metido en el agua, nadando a solas sin ningún tipo de ayuda. Me quité los pantalones y corrí hacia el agua. Me enganché a sus hombros por detrás y repartí besos por el lateral de su cara mientras él reía. Pasamos un buen rato nadando entre besos; besos breves, besos intensos, húmedos, excitantes... Sin embargo, sus manos siempre se mantenían estáticas en mi cintura, no supe si por miedo a pasarse, o por la falta de experiencia.
Después regresamos a la arena para secarnos con los últimos rayos de sol que ya comenzaban a esconderse detrás de las montañas. Me tumbé de lado, las piernas dobladas y mi brazo izquierdo bajo mi cabeza, haciendo de almohada. Sergio llevaba un rato tumbado sobre su espalda, pensando mientras retorcía entre sus dedos una pequeña rama que se había encontrado flotando en el agua.
—¿Qué andas pensando? —Sergio giró la cabeza al escucharme, después lanzó la rama lejos y se tumbó de lado, reproduciendo mi posición.
—¿Cuantos novios has tenido?
—Novios novios, ninguno. —mi respuesta pareció sorprenderle.
—¿Por qué no?
—Porque me da un poco de alergia ese concepto, lo veo algo muy... formal. Pero si tu duda es si he estado con chicos, entonces la respuesta es sí. —Se quedó un rato callado, como asimilando la información.
—¿Y has...
—¿follado?
—... hecho el acto sexual... —Me eché a reír ante el término que había elegido. Asentí, mirándole a los ojos.
—Sí.
—¿Y cómo fue?
—Pues... no te puedo decir desde el punto de vista masculino, pero desde mi experiencia... he tenido de todo; a veces ha sido una verdadera tortura... y otras ha estado bastante bien. —Frunció el ceño mostrando preocupación.
—¿Por qué tortura?
—Pues por la inexperiencia... las prisas, el egoísmo de algunos chicos... o culpa mía por quedarme callada por no querer hacer sentir mal a la otra persona. Pero no debe ser así, en general, si se hace bien, el sexo es algo muy... —Le vi mirar mi boca y tragar con fuerza, y deseé poder leer sus pensamientos en ese momento—... no sé cómo describírtelo. Deberás vivirlo por ti mismo —concluí, dándole unas palmadas en el brazo. Llenó sus pulmones de aire, desviando su mirada hacia el cielo—. ¿Te llama la atención el sexo o también te da asco? —pregunté con tono desenfadado.
—Las dos cosas. Bueno... no, asco no, solo... reparo. El contacto físico me pone nervioso —admitió, volviendo a mirarme—...Menos contigo, al parecer —murmuró, sonriendo levemente. Vi que acercaba su mano a mi cara, pero frenó a medio camino—. ¿Puedo tocarte? —preguntó de una forma tan adorable que casi me hizo derretir. Asentí, sonriendo.
Sus dedos me apartaron el pelo de la cara, colocando los mechones detrás de mi oreja. Después descansó la palma de su mano en mi mejilla derecha, quedando estática mientras su pulgar trazaba la curva de mi pómulo. Seguidamente, su pulgar acarició el contorno de mi nariz y bajó a mis labios, arrastrando mi labio inferior consigo hasta que este se escapó. Su mirada intensa me hizo estremecer.Tras unos segundos, su mano descendió a mi cuello, acariciándolo con suavidad antes de seguir por mi clavícula y ascender hasta mi hombro, tropezando levemente con el tirante grueso de mi bañador. Sus ojos siguieron la trayectoria de su mano, como inspeccionándome para asegurarse de que nada estuviese roto.
—Tienes una piel muy suave —susurró. Sonreí ante la seriedad con la que había hecho el comentario.
—Gracias —susurré de vuelta. Su mano continuó descendiendo por mi brazo, repasando mi codo con los dedos y curvándose al llegar a mi antebrazo; lo recorrió despacio hasta alcanzar mi mano, donde se detuvo. La levantó y colocó mi palma contra la suya, comparando la diferencia de tamaño—. Tú tienes unas manos muy bonitas... —destaqué. Sonrió, pero no dijo nada. Entrelazó sus dedos con los míos, apretando mi mano un segundo para después devolverla a su sitio de antes. Humedecí mis labios cuando sentí su mano en mi cadera, tan solo llevaba el bañador, por lo que su palma cálida hizo contacto directo con mi piel, generándome esa recurrente sensación en el estómago. Paseó por la curva de mi cadera, continuando por el lateral de mi muslo hasta alcanzar la rodilla.
—¿Cómo te la hiciste? —preguntó refiriéndose a una cicatriz alargada y blanca que tenía justo bajo mi rodilla derecha.
—Escalando. —levantó la mirada, queriendo saber más—... se me resbaló el pie y me golpeé con el pico de una roca bastante afilada. —Pasó sus dedos sobre ella, apenas rozándola pero ejerciendo el contacto suficiente para ponerme la piel de gallina.
—Tienes más sensibilidad ahí, ¿verdad? —Asentí. Volvió a colocar su mano en mi rodilla, iniciando el camino de vuelta con la misma lentitud. Esta vez su mano recorrió la parte frontal de mi muslo, con su pulgar rozando la parte interna. Tragué saliva, notando que mis hormonas comenzaban a revolucionarse cuanto más se acercaba a mi entrepierna.
—Sergio, —Frenó al escuchar mi voz, quedando su mano a un palmo de mi cadera. Levantó la mirada—...si continúas acariciándome así voy a tener que meterme en el agua otra vez —admití, arqueando una ceja para que entendiese a lo que me refería. Se echó a reír, pero no apartó la mano, al revés, continuó subiendo hasta finalizar el recorrido en mi hombro.
Sus dedos se quedaron jugueteando con el tirante de mi bañador y vi que su mirada se perdía en mi escote. Humedecí mis labios, sintiendo las mariposas revolotear con fuerza en mi estómago. Decidí dar el paso que él no se atrevía a dar. Bajé mi propio tirante y saqué el brazo; tragó con fuerza cuando posé mi mano sobre la suya y, mirándole, la arrastré conmigo al sur de mi clavícula, bajando a la vez el bañador hasta que su mano se amoldó a mi pecho. Exhalé, excitada por el contacto de su piel y por su forma de temblar al tocarme. Solté su mano y acaricié su antebrazo, diciéndole en silencio que se tranquilizase, que todo estaba bien. Lo apretó levemente en su palma antes de repasar el contorno con los dedos. Mi pezon se endureció cuando su pulgar se deslizó sobre este, y lo atrapó varias veces entre sus dedos mientras acariciaba mi pecho en movimientos circulares; me mordí el labio, ansiando más, así que cuando me miró para pedirme permiso, no me hizo falta contestar.
Se inclinó sobre mí, sus dedos agarrando mi bañador y tirando hacia abajo a la vez que introducía mi pecho en su boca y lo lamía con deseo. Gemí, cerrando los ojos y dejándome caer sobre mi espalda hasta quedar tumbada boca arriba. Sergio siguió la ruta de mi movimiento, pasando su rodilla izquierda al otro lado de mi cadera hasta quedar arrodillado sobre mí. Su lengua rozó mi pezon repetidamente y volví a gemir, sorprendida de que aquel simple contacto hubiese estado apunto de llevarme al orgasmo.
Respiré hondo y me mordí el labio intentando retomar el control de mi cuerpo. Bajé mi otro tirante, ya que comenzaba a hacerme daño en el hombro y Sergio se encargó de bajar el bañador hasta mi cintura. Su boca viajó hasta el pecho que acababa de ser descubierto mientras que su mano izquierda masajeaba el otro sin parar. Enterré mis manos en su melena y estiré mi cuello hacia atrás, sintiendo que el placer que generaba la combinación de su boca y sus manos en mis pechos me recorría todo el cuerpo. Dejé caer mis manos sobre sus hombros y fruncí el ceño al sentirlos cubiertos por su camiseta. La arrugué en mi puño y tiré; Sergio enseguida se incorporó para quitársela. La dejó caer a un lado de la toalla. Antes de volver a mi cuerpo, permaneció arrodillado sobre mí, observándome, y de repente me sentí yo la inexperta que se moría de vergüenza.
Sus dedos bajaron un poco más mi bañador, y su boca abierta depositó un beso humedo en el centro de mi estómago, haciéndome temblar de placer. Subió lentamente por mi esternón, pero mi boca, sedienta, pidió besarle urgentemente. Coloqué mi mano en su nuca y tiré de él hasta que nuestras bocas chocaron en un beso cargado de deseo. Gemí cuando dejó caer su peso sobre mí y mis piernas se apartaron de forma automática para acomodarlo. La falta de oxígeno a consecuencia de aquel beso nos obligó a separarnos poco después. Sus antebrazos, a cada lado de mi cabeza, sujetaron el peso de su torso y reí cuando su melena mi hizo cosquillas en la cara. Se la apartó a un lado y me miró intensamente. En ese momento fui consciente de su erección presionando mi ingle. Me mordí el labio y abracé sus caderas con mis piernas; exhalando cuando noté su dureza directamente contra mi centro. Comencé a mover mis caderas despacio, sin perder de vista sus ojos, y él respondió haciendo lo mismo; pequeña olas de placer comenzaron a formarse casi de inmediato. Le vi apretar los ojos y jadear cuando aumenté la presión un poco más. Sonreí, mordiéndome el labio.
—¿Quieres...? —insinué en un susurro cuando dirigió su mirada entre nuestros cuerpos. Sus ojos decían sí, pero a la vez mostraban dudas.
—Es que no tengo... —cuando supe a lo que se refería me llevé las manos a la cara.
—Mierda. Yo tampoco —gruñí. Sabía que debía frenarlo ahí, buscar una alternativa para liberar aquel placer acumulado; pero el sentirlo entre las piernas y mi nivel de excitacion me impidieron pensar con claridad. Dejé caer mis manos—Da igual. No pasa nada. ¿Conoces la marcha atrás? —arqueó una ceja.
—... Puedo imaginar lo que es. —Se lo expliqué rápidamente, pero no pareció muy convencido—. ¿No es un poco arriesgado?
—No si se hace bien —respondí acariciando sus hombros. Mis caderas, que habían parado de moverse, retomaron la fricción por si solas—. Pero si no quieres, no pasa nada... otro día será —susurré, levantando la cabeza para besarle. Nos besamos lento, saboreando cada rincón de nuestras bocas mientras nuestros cuerpos seguían rozandose con la misma lentitud. A medida que aumentaba la intensidad de nuestros besos, también lo hacían los movimientos de nuestras caderas, y pronto los besos se mezclaron con gemidos ahogados. Sergio se liberó de mis labios para soltar un gemido tan erotico, que mi bajo vientre se contrajo al escucharlo. Me mordí el labio y volví a mirarle, y un leve movimiento de cabeza bastó para entendernos.
Empujé su hombro hasta tumbarlo, colocándome encima; mis piernas se escurrieron a ambos lados de sus caderas. No sé qué me excitó más, si tenerlo tumbado debajo a mi merced, o su forma de mirarme como si fuese una de las siete maravillas del mundo. Repasé su torso y su abdomen con la punta de los dedos hasta alcanzar la goma del bañador. Me deslicé hacia atrás, llevándolo conmigo hasta quitárselo por completo. Cuando volví a sentarme sobre su estómago, la seguridad que había mostrado hasta entonces se desvaneció de golpe; su cuerpo se tensó y un halo de preocupación nubló su mirada. Me incliné para plantar un beso de cariño en sus labios.
—Ey, si no estás seguro, podemos parar aquí... —murmuré, acariciando su mejilla con la parte trasera de mis dedos.
—Me da miedo que pueda ser una tortura para ti... —admitió con inocencia, apoyé mi frente sobre su boca, riendo con suavidad. Luego volví a levantar la cabeza para mirarle.
—Te puedo asegurar que no lo va a ser —afirmé, frotando su pecho con cariño—...Tú relájate y disfruta, no te preocupes por mí —susurré besando su barbilla para luego deslizar mis labios semi abiertos por su mandíbula. Aquello pareció relajarle, pues un suspiro escapó de su boca a la vez que sus manos  regresaban a mi cintura. Descendí hacia su cuello, lamiendo y succionando su piel. Noté que sus manos recorrían tímidas la curva de mis glúteos. Después subieron por mis costados y agarraron mi bañador. Uniendo mi boca a la suya, dejé el peso de mi cuerpo sobre el suyo y llevé mis manos hasta donde estaban las suyas; le ayudé a empujar hacia abajo mi bañador hasta que mis pies pudieron deshacerse de él y lanzarlo hacia un lado. El contacto de nuestras pieles completamente desnudas nos hizo suspirar a la vez. Mis piernas volvieron a escurrirse a cada lado de su cuerpo; tragué con fuerza al sentir el roce de su miembro con la humedad de mis labios.
—¿Me vas a decir si no te está gustado o te está doliendo? —pidió con cara de preocupación, lo cual me llenó de ternura. Asentí, inclinándome para besar sus labios.
—Tú céntrate en avisarme con tiempo. —murmuré cerca de su boca, llevando mi mano entre nuestros cuerpos para guiarle a mi entrada. Sergio jadeó, tensando sus piernas, cuando bajé mis caderas poco a poco sobre su miembro. Un gemido escapó desde lo más profundo de mi garganta cuando me sentí llena de él, sin barreras de por medio. Permanecí quieta unos segundos, dejando que mi cuerpo se acostumbrase a su tamaño. Sus ojos, entornados, brillaron a la vez que sus dientes se clavaban en su labio inferior. Guiñándole un ojo, comencé a moverme, dibujando pequeños círculos sobre su cuerpo. Noté que su pecho ascendía y descendía conforme mis movimientos alteraban su respiración. Sus manos, que habían permanecido en la zona baja de mis muslos, cerca de las rodillas, subieron hasta mis caderas para acompañar mis balanceos. Cerré los ojos y humedecí mis labios cuando noté que el propio placer comenzaba a dictaminar la velocidad de mis movimientos. Sin embargo, me distraje cuando una de sus manos descendió por mi ingle hasta que su pulgar se situó sobre mi clitoris, presionándolo con suavidad. Jadeé, sorprendida. Le cuestioné con la mirada, pero no respondió, en su lugar comenzó a acariciarlo en círculos, haciéndome gemir y perder aún más la concentración. Aumentó el ritmo conforme mis jadeos se hacían más frecuentes, hasta que el orgasmo me sorprendió de repente, haciéndome gemir con fuerza; agradecí en silencio que la playa estuviese alejada de las cabañas.
—Joder —jadeé. Aparté su mano y apoyé las mias en su pecho para no desplomarme encima de él mientras las olas de placer sacudían y contraían mi cuerpo—. Tú me has engañado —comenté aún con la respiración entrecortada, sentada sobre él sin poder moverme— debes tener experiencia... porque lo que acabas de hacer... no es cosa de principiante. —Sonrió, orgulloso de lo que acababa de conseguir.
—No tengo experiencia. Pero he leído mucho sobre anatomía... y sobre sexo. —Arqueé una ceja; al final no resultó ser tan inocente como pensaba.
—Pues bendita literatura y bendita curiosidad la tuya—Reí, dejando colgar mi cabeza hasta que mi cuerpo volvió a recuperar las fuerzas. Sus manos acariciaron mis muslos con cariño y al mirarle a los ojos, supe que quería vivir aquello con él mil veces más.
Me agaché para besarle a la vez que comenzaba a mover mis caderas de nuevo. Enredé mis dedos en su pelo, profundizando el beso mientras sentía sus manos recorrer mi espalda de punta a punta, acabando en mi culo. Se asentaron allí, acompañando la danza de mis caderas. Mordí su labio, y abrió los ojos levemente. Le sonreí, volviendo a besarle con ferocidad. Giró la cabeza, buscando aire desesperadamente cuando elevé las caderas y descendí con más fuerza sobre su cuerpo. Gemí excitada al sentir su dureza salir y volver a entrar repetidamente, rozando cada pliegue de mi interior. Sus manos me ayudaron a mantener aquella posición, elevándome y empujándome contra sus caderas con más intensidad mientras nuestros alientos se mezclaban en el poco espacio que quedaba entre nuestras bocas. Pronto, sus gemidos se intensificaron, acercándose segundo a segundo a un punto sin retorno.
—Para, para, para —jadeó, tensando el cuello. Me levanté, arrodillándome sobre él a la vez que envolvía su miembro con mi mano y continuaba los movimientos para ayudarle a terminar. Me mordí el labio, viendo como apretaba los ojos y su cara se retorcía de placer. Su cuerpo dio una sacudida, y un orgasmo intenso le llevó a correrse. A ciegas, me agarró la muñeca y apartó mi mano. Soltando una bocanada de aire, me senté sobre sus muslos, observando cada reacción y contracción de su cuerpo a aquel placer inexplicable. Sonreí cuando volvió a abrir los ojos, extasiado.
Estiré el brazo y agarré su camiseta para ponérmela, ya que se había hecho de noche y comenzaba a hacer frío, y lanzándole una toalla para que se limpiase, regresé a su lado. Su brazo derecho me rodeó, estrujándome contra su cuerpo mientras besaba mi frente.
—¿Y bien?
—No tengo palabras. —Reí.
—Te lo dije.
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—¡La madre que te parió! ¿A pelo lo hicisteis? —exclamó con enfado; la miré, divertida.
—¿En serio me vas a echar la bronca por algo que hice hace 22 años?
—Coño, Raquel, que te podrías haber quedado preñada. —Reí.
—Pero no pasó. Y solo fue la primera vez, luego tuvimos más cuidado.
—¿Seguro?
—Creo. Yo qué sé, fueron muchas veces. —Su expresión cambió de enfado a curiosidad.
—¿Cuántas?
—Todas las que te puedas imaginar, y más —susurré, guiñándole un ojo—. Me voy a la cama, que estoy agotada.
—Pero dime un número aproximado...—Metí el plato en el lavavajillas y regresé para darle un beso en la mejilla, ignorando su petición.
—Buenas noches, preciosa cotilla.
—Buenas noches, cabra loca. —Me eché a reír y despeiné su flequillo antes de irme.


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Notas Finais


El próximo se centrará en el presente, prometido. Espero que os haya gustado. 😊


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